Redes sociales y depredación humana

Redes sociales y depredación humana

El diario El Mundo publicaba recientemente datos sobre la histórica reducción de presencia de la gente en las redes sociales y preguntaba si la tendencia se podría deber a un hartazgo latente de las personas hacia estas plataformas. Precisamente, un tuit de Laura Bellver me ponía en la pista del escrito referido, inspirador a la vez de esta reflexión entre filosófica, antropológica y darwiniana.

En torno al tuit y al artículo, como en otras muchas realidades sociales, la respuesta que se me ofrece dar a la incógnita que plantea el rotativo pasa por un contundente ‘sí’, el ser humano termina cansándose de todo lo que depreda. Porque, ya sea en modo offline o en online, tendemos a abordar los hechos y las cosas con ansia, con apropiación casi indebida, con voracidad de pecado capital, con autoridad sobre quien llega un poco después, con prepotencia hacia quien estaba mejor antes, con la torpeza del elefante de la cacharrería, con la suciedad de quien arroja residuos sin pensar en el otro, con la contundencia de quien tiene poder, dinero, recursos –públicos o privados-, con la cobardía del anonimato, con el ‘autocontrol’ de la publicidad, con el escándalo de la exhibición, con la falta de lectura para seguir unas instrucciones básicas, sin empatía, sin humildad, sin consecuencias (aparentes).

Plataformas que sufren como la cala virgen que en un principio era de la naturaleza, que a mitad de periodo comenzó a ser pisada por el hombre, que con el paso de los siglos fue habitada por unos pocos, que con el devenir de los años quedó ocupada por cemento esporádico, que con las semanas se puso de moda y comenzó a saturarse, y con los días se contaminó hasta que, en unas pocas horas, la mano del ser humano la devastó.  ¿Por hartazgo –como pregunta El Mundoo por abuso? ¿Por sostenibilidad o por explotación indebida? Por depredación, porque el ser humano primero descubre, luego se fascina y después se va como llegó, sin mirar atrás, a la búsqueda de un nuevo ámbito propicio para desplegar su acción incansable, inagotable, inconformista. Depredadora.

En las redes sociales -que caracterizan en sí mismo el comportamiento del hombre en comunidades- tal y como han sido conocidas durante la última década; en esas plataformas con nombres de Twitter, Facebook, Instagram, Pinterest, etcétera, el ser humano que llegó primero lo hizo con el disfraz de early adopter, rol que prestó a entornos afines por amistad o por profesionalidad, que a su vez ejercieron influencia y notoriedad por encima de las plataformas tradicionales y que se equipararon en autoridad a los actores sociales de siempre: a los futbolistas, políticos, actores y otras celebrities de guardar.

Notables de segundo tiempo que, al dar el paso de desembarcar en dichas plataformas, arrastraron a una masa mostrenca de fans, de seguidores, de militantes, de detractores y de desinformadores que encontraron en estas canchas del ruido social la mejor oportunidad para dilapidar, aplaudir, manipular con altavoces de una potencia global, con apellidos de tendencias en forma de #, la posibilidad de hacerse notar, de invadir intimidades o de gritar anónimamente insultos irreverentes.

Lo hicieron por encima de lo sostenible, de las conversaciones productivas, del respeto, de la comunicación bidireccional, de lo políticamente incorrecto… Y con “buenismo”, con lecciones de vida, con autoritarismo, con lo que queda bien o mal decir, con el silencio impuesto por la prudencia excesiva aconsejable en un entorno cada vez más hostil, menos auténtico, predispuesto a dilapidar en plaza pública opiniones contrarias a lo que la masa ruidosa creía conveniente.

Hasta ese desembarco en la cala de las redes sociales de dichos perfiles famosos y de los rebaños de ruido que los acompañaban en cualquiera de las manifestaciones o plataformas en que estuvieran presentes, el rollito Social Media molaba tanto que la fascinación parecía, insólitamente, eterna. Pero no, la depredación pisó el terreno de estas plataformas hasta dejar de ser partidos de ida y vuelta, hasta llegar a unos cuantos minutos de publicidad como los de la televisión, hasta no conversar más allá de la mirada del vecino más cercano, hasta decir basta.

Las plataformas que han sostenido el concepto redes sociales durante la última década parecen alcanzar hoy índices de contaminación que, en el corto plazo, desvelan un abandono de usuarios. Esta cala comienza a estar hormigonada. Pero el ser humano descubrirá, gracias a la nueva comunidad global surgida de las posibilidades tecnológicas y a las nuevas plataformas que se deriven de ella, nuevos parajes naturales/sociales que depredar. Porque en esa comunidad global que hemos creado somos así. Y lo seremos hasta que nos extingamos. O no.

 

Reflexión darwiniana by @os_delgado / @360gradospress
Photo by @Marga_Ferrer
2018-05-24T22:55:28+00:00 7 septiembre, 2016|Blog, Destacado|0 Comments

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